Es bueno encontrarnos.
En pantalla y corazón.
En compañía electrónica.
En Paz y Alegría.
Carlos G. Valles
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Me gustaría saber japonés para sentir dentro  de mí y comprender en profundidad el sentido de la palabra mushotoku. Me dicen que representa un estado de ánimo en el que se actúa sin ninguna finalidad concreta, sin deseo de ganancia o provecho, sin referencia a mérito o recompensa. Las cosas se hacen y la vida se vide “porque sí” en el sentido más real y soberano de la expresión, y en esa liberación de toda meta condicionante está precisamente el secreto de la mayor fuerza para obrar, y la mayor alegría con que hacerlo. Para explicar la situación cuentan en el Japón la historia de “El congreso de artes marciales de los gatos.”

Los gatos se precian de matar ratas para servicio de los humanos y alimento propio, pero una vez se presentó en una casa una rata enorme, y gato tras gato fracasaron en el intento de deshacerse de ella. Al fin llegó un gato viejo, negro, reposado, que se sentó tranquilamente en un rincón y esperó. La rata no se confió al principio, pero al rato se movió, y en aquel instante el gato saltó sobre ella, la cogió por el cuello y la despachó.

Los gatos decidieron convocar una reunión para sacar lecciones de aquella experiencia y averiguar porqué unos gatos no habían podido con la rata, y otro sí. Este gato dijo: ‘Vosotros sois más jóvenes y más fuertes que yo, pero teníais todos un gran interés en vencer a la rata, ya que se había hecho una causa famosa y toda la comunidad de gatos la seguía de cerca. Por eso no pudisteis vencer. La rata sintió vuestro interés, vuestra urgencia, vuestra necesidad de ganar, y os hizo caer fácilmente, usando vuestra propia ansiedad por triunfar con vuestros movimientos excesivos y reacciones violentas que ella pudo evitar con habilidad. En cambio yo me senté y esperé, sin preocupación alguna por lo que iba a pasar, y ante mi tranquilidad fue ella la que perdió los nervios, se delató y cayó bajo mis garras. Y aún conozco otro gato, más viejo y sabio que yo, que solo con su presencia hace huir a las ratas y no queda ni una en la casa o vecindad donde él está. Es tal su compostura, su concentración, su quietud absoluta, que irradia fuerza y respeto, y sin hacer nada lo hace todo, que es el rasgo supremo de la verdadera sabiduría.’

Es experiencia común que al querer hacer las cosas demasiado bien, las estropeamos. La tensión de ganar impide la victoria. El deseo de triunfar retrasa el triunfo. Trabajar sí, con toda el alma, que durmiendo no se cazan ratones; pero trabajar con el corazón libre y la mente alegre. Sin metas y premios y plusmarcas. Es paradoja de acción diaria. Sin un fin no podemos actuar, y luego el fin vicia la pureza de la mente y enturbia el curso de la acción. Hemos condicionado demasiado nuestra conducta moral a castigos y recompensas, y una acción que mira solo al resultado pierde la concentración y la facilidad y la elegancia que tiene cuando se hace por sí misma. Eso debe querer decir la palabra japonesa, y cuando el diccionario posee una palabra, el espíritu adquiere una actitud. Por la misma razón cuando nos falta la palabra, es probable que nos falte la actitud. No nos vendría mal aprender un poquito de japonés. Cuando hasta los gatos lo aprenden, no debería ser tan difícil.