carlos@carlosvalles.com
  --- MEDITACIÓN ---  
 

 

Oración del ciudadano de la urbe moderna:
“Señor, añádeme como propina al final de la vida
todos los ratos que me he pasado
esperando en semáforos en rojo.”

Sería una buena propina. ¡Tantos ratos de pie o en el coche, mirando impacientes el muñequito rojo o el disco intransigente que nos clavan al asfalto en inmovilidad forzada! La espera, la impaciencia, la rabia por haber perdido el verde por un pelo, la duda de si el semáforo funciona bien o se ha quedado atascado en el rojo, la mirada repetida al reloj, el salto brusco cuando al fin se ve el verde, el empujón al peatón de delante o el bocinazo al coche que nos obstruye el camino y ha perdido medio segundo en arrancar. Seguro que si se suman todos esos ratos de largas y múltiples esperas y se nos regalan al final, vamos a disfrutar de una buena prórroga.

Eso es lo que hacen en el fútbol. El árbitro añade al final los minutos en que el juego estuvo parado. Hay que jugar los noventa minutos íntegros y, si el balón estuvo parado, hay que cronometrar esos vacíos y recuperarlos al final. El público tiene derecho a ver el partido entero. Para eso ha pagado.

Pero sigo pensando ante el semáforo en rojo en el que se me arrancaron estos pensamientos. Se trata de recuperar los ratos perdidos. ¿Son de veras perdidos? Hay quien los aprovecha para oír música, para hacer gimnasia como puede, para que le limpien el parabrisas del coche, o para grabar en el dictáfono una carta para la secretaria. Siempre se puede aprovechar el rato de alguna manera. Hoy mismo yo estoy aprovechando mi parón ante el semáforo para hilar esta consideración. Y la escribiré en cuanto llegue a casa. ¿No es eso aprovechar el tiempo?

Pero hay algo más. ¿Por qué he de aprovechar el tiempo? O, mejor dicho, ¿por qué he de hacer algo para demostrar y demostrarme que he aprovechado el tiempo? ¿No tengo derecho a estar quieto sencillamente ante el semáforo sin hacer nada? Quieto, no solo de piernas o de ruedas de coche, sino de pensar y cavilar. Quieto en la mente, en la imaginación, y en los sentidos. Quieto mirando al muñequito rojo sin deseos de romperlo de una pedrada, sin mirar el reloj, sin maldecir el tráfico. Quieto como un monje budista en la paz de su mirada y la tranquilidad de su existencia. Quieto, estando donde estoy, haciendo lo que hago, y siendo lo que soy. Todo es parte de la vida. El caminar y el esperar. El trabajar y el descansar. El urgir y el ceder. El rojo y el verde. Y cada parcela del vivir es tan importante como la otra. Hay que aprender a estarse quieto.

No hay ratos “perdidos”. No hay tiempo que “recuperar”. No hay que reclamar “tiempo muerto”. Todo tiempo es vivo si sabemos vivirlo en la especialidad de su categoría y en la plenitud de su sentido. No hay por qué ponerse a cantar y bailar, a hacer gimnasia y dictar cartas para “aprovechar” el tiempo. Cada tiempo es lo que es. El semáforo en rojo es semáforo enrojo. Tiempo para pararse, interrumpir, frenar. Y es importante en la vida saber parar, interrumpir, frenar. Tiempo para dejar pasar el tiempo. Y de las cosas más difíciles en la vida es saber dejar pasar el tiempo. Con tranquilidad, con elegancia, con estilo. Saber estar. Saber contemplar. Saber vivir. Haceramistad con el rojo como con el verde. Dar libertad alsemáforo a que siga su juego. No llamar “bueno” al verde y “malo” al rojo. Tomar las cosas como vienen y el semáforo en su color. Todo vale. Todo es vida. Todo cuenta. O, mejor aún, nada tiene por qué contar, no hay que justificar instantes ni llenar horas. Los vacíos valen tanto como los llenos, y los valles como las cumbres. Y los semáforos en rojo tanto como los semáforos en verde. Voy a cambiar mi oración:

“Señor, enséñame a perder el tiempo.
Hazme caer en la cuenta
de que todo tiene su puesto en la vida,
y de que en respetar cada faceta
está la plenitud del vivir.
Recuérdame la lección
siempre que me encuentre ante un semáforo en rojo.

Ya se ha puesto verde. Adelante.


(Último cambio: 15.05.2012)
(Próximo cambio: 01.06.2012)