‘El ave del paraíso se posa únicamente sobre la mano que no trata de atraparla.’ (John Berry)
Me contaba Américo Yábar, pontífice andino de misterios quechuas, que cuando fue a visitar en las alturas del Cuzco a un anciano de ascesis solitaria, lo encontró departiendo en amistad con un Cóndor de majestad real posado en su mano. Al cercarse Américo, el cóndor espió su presencia con un rápido giro de cabeza, midió sus pasos con la mirada, y, al no haber sido presentado al huésped, extendió con gesto altivo sus larguísimas alas y se remontó en las alturas. Los dos hombres se miraron y se dolieron de la compañía perdida. La desconfianza había disuelto la intimidad.
Américo quiso deshacer el malentendido con el rey de las aves, y se quedó varios días en el lugar agreste. Volvió a aparecer el cóndor. Se posó lejos y observó a los dos hombres. Al sentir su proximidad mutua, adivinó la amistad y se sintió incluido en ella. Se fue acercando en vuelos cada vez más cortos. Al final, con suave aterrizaje, se posó en el hombro de Américo. Y se sintieron felices los tres.
Paradoja de la felicidad (que eso es el ave del paraíso): solo se posa sobre la mano que no intenta atraparla. Si sospecha traiciones, se retira y se aleja. Y no hay quien pueda alcanzarla en su reino del espacio sin límites. La felicidad se resiste a ser cautivada por la fuerza. No obedece a mandatos ni presiones. Casi es verdad que cuanto más se busca, más lejos está. Hay quien lo dijo claramente: ‘La búsqueda de la felicidad es una de las fuentes más seguras de la infelicidad.’ (Eric Hoffer)
Paradoja del amor. En su deseo de unidad eterna quiere poseer con certeza infalible…, y el ave del paraíso se escapa tímida y recelosa del abrazo que la ahoga. La posesión daña a la libertad y entorpece el amor. La libertad del cóndor es condición esencial para que se acerque. Solo si sabe que será libre para volar en cualquier instante, se avendrá a posarse en nuestra mano. La intimidad se merece, nunca se impone.
La ansiedad por el resultado daña el resultado. Y cuanto más noble y más deseado es el resultado en su dignidad, espiritualidad, eternidad, más queda dañado por la necesidad de conseguirlo. Quien quiera salvar su alma, la perderá. Quien quiera atrapar el ave del paraíso, no verá nunca sus celestes colores.
Me encantaría ver el ave del paraíso, admirarla de cerca, sentirla posarse en mi mano. Por eso quiero que sepa que me interesa grandemente y que la dejo en plena libertad. Ella sabrá lo que hacer.
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