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  --- ¡ NUEVO LIBRO ! ---  
 
Los siete puentes

Los siete puentes son, en primer término, los siete puentes que cruzan el río Jhelum en Srinagar, la capital de Cachemira, y que deben pasarse por orden, primero por encima a pie y después por debajo en una shikara a golpe de remo, para ser un turista auténtico de los Himalayas en su vertiente sur-occidental. Después, en este libro, los siete puentes son la metáfora que nos lleva a explorar las semejanzas y las diferencias entre Oriente y Occidente en cultura y costumbres, y nos invita a enriquecer nuestra propia experiencia con puntos de vista lejanos y distintos. El autor, español, ha vivido cincuenta años en la India donde obtuvo la “Medalla de Oro Ranjitram”, que es el mayor galardón en literatura guyaratí, una de las 22 lenguas oficiales de la India. En castellano sus libros más conocidos son “Ligero de equipaje”, “Al andar se hace camino”, “Y la mariposa dijo…”.


 


ÍNDICE


LAS NUEVE NOCHES
UNA MANTA Y UNAS BRAGAS
¡NO PUEDE SER!
LOS SIETE PUENTES
KARMA COLA
LAS FLORES SE HUNDEN
A MÍ ME LO HICISTEIS
PUES YO, NO
CRUZAR FRONTERAS
QUEMANDO KARMA
ESCUELA DE DANZA
TENSIÓN ARTERIAL CERO
CON TAL QUE NO SEA FÁCIL
CÓMO FINANCIAR LA IGLESIA
ES NEGRA
DIME A QUÉ DIOS ADORAS…
NAPOLEÓN Y CLEOPATRA
CAPITAL EXTRANJERO
EL-SIN-FECHA
QUE LOS HINDÚES AMEN A CRISTO
¡ANIMAR A LA GENTE!



Capítulo de muestra para Los siete puentes:


LAS NUEVE NOCHES

 

  Llegué a la India el día que empezaba el festival de ‘Las Nueve Noches’. No es que hubiera escogido yo el día, sino que me habían invitado de la India a volver desde España, donde ahora me encuentro, para celebrar el centenario de una revista en lengua guyaratí cuyo editor había sido yo muchos años durante mi larga estancia allí. Más de cincuenta años –que es toda una vida en preparación y acción– pasé yo en la India estudiando y enseñando y soñando y trabajando; y estaba ahora retirado en España, lejos ya en espacio y ambiente, pero siempre cerca en nostalgia y recuerdo. Llegó la invitación y acepté encantado. Volver a abrazar a amigos, reconocer rostros, repetir nombres, embestir guirnaldas, hacer discursos, comer picante, recorrer a pie las calles por las que mil veces me arriesgué en bicicleta, revivir el mejor capítulo de mi vida en la gratitud del recuerdo. No podía haber mejor programa.

  Para entonces había perdido yo de vista el calendario hindú, y no caí en la cuenta del día tan especial en el que yo estaba aterrizando en Ahmedabad. Era ya tarde por la noche cuando me llevaron al hotel, me subieron a un cuarto en un piso alto, y me dispuse a meterme en la cama y dormir después del largo viaje con todo el cansancio de los cambios de aviones y los trastornos de zonas horarias. Me asomé por un momento a la ventana antes de correr las cortinas, y entonces lo vi. Allá abajo, en el césped enfrente del hotel, había luces y colores y mujeres y niños y saris deslumbrantes y brazos al aire y manos aplaudiendo y chicas jóvenes bailando en círculos por todo el prado con flores en el pelo, heena en las manos, oro en el cuello y plata en los pies, con cantos en sus labios y alegría en sus ojos. Me fijé en un altar alzado en mitad del verde y en la estatua que presidía la noche. Y lo entendí enseguida. La diosa Durga. El culto tradicional. El festival del arte y la danza y la juventud. Las Nueve Noches. No podía haber mejor momento para llegar.

  Las estrellas me habían escogido un día muy particular para mi llegada a la India, sin yo haberme enterado. Durga es otro de los nombres de Párvati, la Hija de los Himalayas, que con su virtud, su belleza y su penitencia mereció tener por esposo al dios Shiva; y a quien durante nueve noches consecutivas cada año las muchachas núbiles en la India le ruegan con oraciones, ofrendas, y visitas a su templo, que así como ella consiguió al mejor de los esposos, Shiva, les ayude a ellas a conseguir un buen novio. En Madrid las muchachas le rezan a san Antonio de la Florida y meten la mano en una cesta con alfileres con la ilusión que tendrán tantos novios como alfileres se les queden prendidos en la palma de la mano por la intercesión del santo. Algo parecido esto de la India, solo que Párvati, siendo mujer y esposa de un dios, parece mejor calificada que un varón célibe para el encargo. Y los bailes son más divertidos que los alfileres.

  Entonces hice dos cosas. Primero, pedí que me asignaran otra habitación al otro lado del hotel, pues quería dormir en paz y eso no sería posible con el ruido de la multitud, los cantos de las muchachas, y el rugir de los altavoces que pretendían hacer participar de la fiesta al mundo entero. Y, segundo, bajé el jardín, paseé por el prado y me mezclé con la muchedumbre y los bailes y la música. Necesitaba mi sueño, pero tampoco podría conciliarlo sin antes unirme, contemplar, disfrutar, saludar y ser saludado en la noche ferviente de la juventud enamorada.

  Fui de grupo en grupo, de corro en corro, de persona en persona, de rostro en rostro, de sonrisa en sonrisa. Vi de cerca sus pasos y sus circunferencias y su destreza y su cantar. Había multitudes en el amplio prado, hombres y mujeres de todas las edades y aspectos, todos moviéndose sin chocar con nadie, todos absortos en su arte, y todos conscientes de todos. Era como la multitud entera bailando al unísono. Yo pasé entre todos, saludé a todos, sonreí a todos empapado en la alegría y el arte de la noche bendita.

  Al fin subí a mi cuarto y dormí largo y bien. Ahora ya estaba seguro que la mañana siguiente iba a despertar en la India.