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  --- OS CUENTO ---  
 

Dios da pañuelo...
 

Ya que me gusta Beethoven, voy a contaros algunas cosas que me he enterado de él. Yo me pasé un verano entero en mi juventud tocando todos los días como primer ejercicio del día la sonata ‘Claro de Luna’ completa. Y nunca me cansó. Es difícil, es profunda, es inagotable. ‘Una flor entre dos abismos’, como la llamó Liszt refiriéndose a la joya de su inocente segundo movimiento entre las tormentas del primero y el tercero. Pero una cosa es saberse sus sonatas de piano y sus sinfonías de memoria, y otra el saber alguna de sus facetas como persona. De esas, unas dan alegría y otras dan pena. Todas juntas hacen la realidad de la vida.

Su padre bebía mucho. Cuando murió, algunos dijeron, exagerando,  que era una pérdida para la economía de la nación, pues él había contribuido abundantemente pagando los impuestos del alcohol. Su madre resentía mucho el vicio de su marido, y eso no hizo feliz la vida del hogar. De él salió un niño tímido, escéptico del matrimonio, incapaz de relacionarse con las mujeres. De joven era descuidado en su ajuar y apariencia, pero ya sabía que algo le bullía por dentro. Si le reprendían por andar sucio, contestaba: ‘Cuando sea un genio nadie se fijará en eso.’

Haydn fue su maestro, y se desesperaba porque Ludwig no aprendía las reglas de la armonía, el contrapunto, y la fuga. Cuando se le quejó que no ponía interés, el aprendiz de genio contestó: ‘Las reglas no me interesan más que para incumplirlas.’ Genial. El hecho es que Beethoven no compuso una fuga decente en su vida. Sí está el último movimiento de la sonata ‘Hammerklavier’, pero es más un tornado que una fuga.

Cuando tenía 17 años se encontró con Mozart que entonces tenía 31. Mozart, mayor de edad, le pidió al joven que tocara algo al piano, pero no prestó atención porque se imaginó que Beethoven, como suelen hacer los niños prodigios, se llevaba una ‘improvisación’ bien aprendida y la tocaba de memoria. Beethoven lo notó, y le pidió que le diera un tema. Comenzó a improvisar innegablemente, y Mozart se quedó de una pieza. Le animó al muchacho pero no volvieron a encontrarse.

Al principio no le fue muy bien con su música. Tenía que poner anuncios en los periódicos para que comprasen sus obras. Y no le sobraba el dinero. Para pagar el alquiler, un día que no tenía nada y urgía el pago, se encerró y escribió a toda prisa un tema con variaciones y se lo dio a un amigo para que lo vendiese por algún dinero. En vez de venderlo, el amigo se lo dio directamente al casero, que lo rechazó primero pero luego lo aceptó. Y al día siguiente volvió para decirle a Beethoven que podía pagarle con esos papelitos. Para evitar pagos y para huir de las quejas de los vecinos, y sencillamente porque su carácter no se acomodaba a la regularidad, cambiaba de casa en Viena constantemente –llevándose consigo todos sus muebles y sus tres pianos. Por una temporada se mudó de Viena a Heiligenstat y estuvo un tiempo seguido en una misma casa. La casa estaba cerca de una iglesia, y fue entonces cuando Beethoven comenzó a darse cuenta de que cada vez oía menos las campanas de la torre. Se estaba quedando sordo.

Mantenía un diario de sus servicios domésticos con todo detalle. Extractos:
31 de enero: despido al ama de llaves.
15 de febrero: se incorpora la cocinera
8 de marzo: se va la cocinera.
22 de marzo: ingresa la nueva ama de llaves.
17 de abril: ingresa la cocinera.
16 de mayo: despido a la cocinera.
1 de julio: ingresa la cocinera.
28 de julio: por la noche, se escapa la cocinera.
6 de septiembre: ingresa la chica de servicio.
22 de octubre: se va la chica de servicio.
12 de diciembre: ingresa la cocinera.
18 de diciembre: despido a la cocinera.

A veces los problemas con la cocinera no eran solo culinarios. Estaba componiendo su gran Misa Solemne, había acabado ya el Kyrie, pero, como siempre, lo iba corrigiendo mientras seguía con la misa. Pero no encontraba los papeles por ninguna parte. Se desesperó pensando los había perdido, y los encontró en la cocina envolviendo el queso. Bronca a la cocinera. Pero allí no estaban todos. Otros estaban envolviendo la mantequilla. Y fueron saliendo por los armarios. Y también salió la cocinera.

No había que interrumpirle en la comida. Fuera que estuviera solo o con invitados, se concentraba en sus pensamientos o en la conversación y no toleraba que la sirvienta lo interrumpiera. Por eso había que servir a la mesa todos los platos del menú desde el principio. Pero ese era el problema. Beethoven se ensimismaba en sus pensamientos si estaba solo o se sumergía en la conversación si comía con otro, y los platos se enfriaban. Entonces se enfadaba con la sirvienta por servirle los platos fríos. Pero no podía traérselos calientes sin interrumpirle. Problema.

El sábado era el día en que la sirvienta iba a hacer la compra para toda la semana. Pero tampoco se le podía interrumpir a Beethoven. La muchacha se vestía para salir, se colocaba con gorro y cesta de compra enfrente de Beethoven mientras componía, y esperaba allí de pie sin decir nada. Por fin Beethoven se percataba de su presencia, la miraba, caía en la cuenta de lo que tenía que hacer, pero protestaba y le decía:
- ¿De veras que hay que hacerlo?
- De veras, señor.
- ¿Es que es sábado hoy?
- Hoy es sábado.
- ¿Cómo lo sabe?
La muchacha tenía preparado el calendario y le indicaba la fecha. Beethoven entonces le daba el dinero, y la muchacha se iba a la compra. A Beethoven lo que más le gustaba era el pescado, los macarrones y la sopa de pan. Y los huevos. Los examinaba cuidadosamente, y si alguno le resultaba sospechoso lo estrellaba sin más contra la pared. El pescado que comía era de río y venía contaminado con plomo de factorías en sus orillas. Un análisis moderno realizado a un mechón de su cabello reveló que fue ese envenenamiento de plomo lo que mató a Beethoven. Le salió caro su gusto por el pescado.

Dios hizo a Beethoven sordo, a Demóstenes, tartamudo, y a Homero, ciego. Un poco difícil de entender. Pero debe ser cosa corriente porque se ha hecho refrán: ‘Dios da pañuelo al que no tiene narices.’  

(cf. Fernando Argenta, ‘Los clásicos también pecan’, Plaza y Janés, Barcelona 2010.)

 

(Último cambio: 01.09.2010)
(Próximo cambio: 15.09.2010)